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Amnesia del 73 es una historia colaborativa. La premisa es que a las 11 de la mañana, aproximadamente, del 11 de septiembre de 1973, todos los seres humanos perdieron la memoria, apenas recordando unas pocas cosas.


Descripción de la amnesia.Editar

La amnesia es aún algo inespecificada. Algunas cosas no se olvidan, como los nombres de cada uno. La motricidad sigue estando activa, pero un poco torpe, al menos por algunas horas. Los instintos tampoco desaparecen. Varias cosas se olvidan solo temporalmente. En una hora, la gente recupera la capacidad del habla. En dos horas y media la gente recuerda quienes son su familia y hasta adónde están sus casas. Unos y otros tendrán vagos recuerdos de sus ocupaciones, pero no muchos. A las 5-8 horas la gente recuerda como leer y al final del primer día, cómo escribir.

Línea de tiempoEditar

Preludio: Editar

Es 11 de septiembre del año 1973, en Concepción, Chile. Los pilotos de combate del grupo 7 de la FACh son los encargados del ataque aéreo sobre la casa de gobierno en Santiago y la residencia del presidente Allende; Chile está bajo ataque, y no un enemigo externo, sino una pugna entre gobierno y fuerzas armadas. Mario López Tobar ("Libra", comandante del grupo), Ernesto Amador González Yarra ("Pekín", teniente), Fernando Rojas Vender ("Rufián", teniente), Eitel Von Mühlenbrock (capitán), Gustavo Leight Yates (teniente) y Enrique Fernández Cortéz ("Gato", controlador aéreo); son ellos los artíficies de la operación de bombardeo a la Moneda y la residencia de Tomás Moro en la capital, que se encontraba bajo fuego desde hace unas horas.

Son las 11 de la mañana aproximadamente y desde "Carrier Sur" despegan los 5 Hawker Hunter con rumbo a la región metropolitana. Libra, Pekín y Rufián se dirigen a la Moneda, mientras que Eitel y Leight Jr. a la residencial del presidente.

- Ya, Pekín inicia el bombardeo. Es hora de que el hueoncito demuestre lo que sabe.

- ¿Está seguro Libra? Sigue siendo un pendejo.

- A ver hueón, ¿Quién te creís en venir a cuestionar mis decisiones? El comandante soy yo, y más te vale ser mi amigo cuando termine el golpe hueón.

Son cerca de las 11:15, quedando 15 minutos para que se inicie el bombardeo. El Gato ordena desde tierra los movimiento de sus compañeros en aire.

- Grupo, vire a dirección 026 y descienda a 1000 pies. Mantega 400 nudos.

- Virando a 026 y manteniendo, Grupo. Gatito, avísele a Pekín en qué momento abre fuego.

- Enterado jefe.

11:25 horas en la mañana. Ya están los cazabombarderos sobrevolando la región metropolitana. Los preparativos de los pilotos se inician. Ha llegado el momento.

- Ya hijito, avíspese y relajese. Dígale al Gato que está listo.

El Bombardeo: Editar

Los preparativos del bombardeo están listos, solo falta que Gato de la señal desde tierra para iniciarlo. Los 3 aviones vuelan en una especie de triángulo con Pekín en cabeza, Rufián a su izquierda un poco más retrasado y comandante Libra en medio de ambos y en retaguardia cerrando la formación.

- Daremos la vuelta a la Metropolitana para entrar por el norte. Cuando estemos pasando por Zapadores el Gato debería dar la señal, así que ahí atento Pekín. En cuanto golpee blanco disparas tu Rufián.

- Copiado comandante.

La tensión en la capital se olía en el ambiente. A lo lejos, desde la plaza de la Constitución se podían escuchar los motores de los Hunter husmeando y vigilando amenazantes el Palacio con el que colindan.

Ya han dado la vuelta e inician su sobrevuelo por la región metropolitana a la altura de Recoleta. Ya es hora, el bombardeo a la Moneda se debe iniciar ya. Sin embargo, la tensión llega a los pilotos. Un incómodo silencio invade la radio por la cuál se comunican. El sobrevuelo ha pasado ya la zona de Zapadores, punto que, según el plan, es de donde se debía lanzar el primer SURA-D.

- Control, esperando señal.- Interroga el comandante. El silencio es ensordecedor. Algo le debió haber pasado.

- ¿Qué hacemos jefe?

- Lo que hay que hacer no más po. Dispara la hueá antes de que estemos demasiado cerca.

Acto seguido, y mientras sobrevolaban ya la Estación Mapocho, Pekín procede y dispara el primer misíl. Sin mucha espera Rufián dispara un segundo misíl. Con coordinación casi ensayada, ambos proyectiles explotan en la cercana fachada del palacio de gobierno. Los tiradores se alejan con velocidad del punto de disparo, yendo con velocidad hacia delante para dar la vuelta e iniciar un nuevo ataque.

- Excelente señores, buen disparo. Preparemos la siguiente rond... Pekín elevese. ¡Pekín! ¡¡Rufián!!

El avión de Rufián se fue en picada contra la Plaza de Armas en una maniobra propia de un novato, estrellándose allí sin rastros de eyección por parte del piloto. Por su parte Pekín, con prolijidad digna de cirujano, fue descendiendo sobre el Paseo Bulnes e inesperadamente se estrelló al final de este. Una situación impensable considerando la trayectoria profesional de aquellos pilotos; tampoco habían sido atacados por algún cañón anti-aéreo. Al muy raro estaba pasando.

La desesperación de López Tobar era importante. Sin embargo ésta no duraría ni 2 segundos.

- ¡Pendejos hueones! ¡Qué mierda les pa...

Nuevamente ese silencio abrasador se apoderó del único integrante del grupo en ese momento vivo. Y así fue como, justo antes de estrellar su avión, ante sus ojos un destello blanco potentísimo se hizo dueño de su mente. Los recuerdos se fueron. Las ideas se fueron. Presente, pasado y futuro son ahora leyendas y sueños que jamás serán recordados por aquellos que aún vivan. Así, y sin quejas ni dolor, el último avión de la misión Bombardeo a la Moneda cae íntegro pero abatido en medio de la Plaza de la Constitución, sitio que sin culpa alguna se llevó un pedazo de hojalata voladora de recuerdo, además de ser testigo del enfrentamiento armado y fuego cruzado que se vivió durante toda la mañana ese día.

Mientras, en Tomás Moro Editar

Mientras todo pasaba en el casco histórico del Santiago setentero, volaban rumbo a Las Condes los 2 cazas restantes que durante esa mañana habían despegado.

Eran Eitel y Leight Jr. los elegidos para dar fin a quienes estuvieran dentro de la residencia presidencial Tomás Moro. Quien sabe... Quizás el mismo Allende estaba allí, y había que matarlo como fuera.

Sin embargo, el ambiente ya era extraño. Era un día nublado, algo inusual para el mes de septiembre en la época. Las radios de comunicación entre los pilotos no funcionaban como debían, Gato dejó de transmitir, el grupo que atacaría el palacio presidencial de calle Moneda había quedado en silencio. Todo era intriga para los, en ese momento, solitarios pilotos. Ahora claro, Eitel no debía demostrar su intranquilidad, era el de mayor rango de ambos aviadores y tenía que mantenerse "sereno", o al menos tratar. Por otro lado, Leight, más novato e indeciso, no ocultaba su angustia, no por estar arrepentido de las cosas que le pedirían hacer, sino porque era su primera misión como capitán de su propia nave, ¡Y vaya misión que le asignaron!

- Ya cabrito, tu abres fuego. Tenís que apuntarle a la casa del borracho sipos. No te vayas a equivocar. Has que tu papito se sienta orgulloso.

- ¿Está seguro jefe? Quizás sea mejor que...

- ¿¡Cómo que si estoy seguro mierda!? ¡Dispara luego oh!

Como palabra santa, el misíl tomó rumbo inmediatamente. Sin embargo, el nerviosismo de Leight fue tal, que el balístico redirigió su rumbo drásticamente, explotando éste en el frontis del hospital militar que se encontraba a tan solo unas cuadras de distancia.

- ¡Cabro hueón mira lo que hiciste!- Dijo Eitel a carcajadas. Mientras decía aquellas palabras, el avión de Leight Jr. se alejaba y descendía suavemente, como si el joven tratara de ocultarse entre los árboles luego de tremendo caos que generó.

- ¡Ya oh! No te amargues tanto. Te prometo que tu papá no se va a enterar.- Seguía diciendo entre risotadas. Pero nadie respondía.

- Gustavo, ya po hueón. Estay bien peludo como pa hacer esa clase de berrinches. ¡Gustavo! ¡Qué cresta!

El avión de Leight finalmente se perdió entre los árboles de las calles del sector, para finalmente transformarse en una bola de fuego rodante. Eitel observaba atónito la situación, sin palabra ni aliento alguno. Aún trataba de interiorizar el último suspiro de Gustavo Leight Yates: "¿Qué.. Qué hago acá?" Así acabo la existencia del joven que se pudo haber transformado en el payaso de la fuerza aérea por haber bombardeado el hospital institucional por accidente, pero que decidió zafar acabando con todo lo que tenía, o eso se cuestionó Eitel Von Mühlenbrock por unos cuantos segundos antes de darse cuenta que su avión se iba en picada contra la residencia presidencial. Ese si que fue un final terrible, porque él siempre supo lo que hacía, pero el desconcierto de lo que pasaría en el futuro de la humanidad lo dejó helado, transformándolo en un "kamikaze" contemporáneo estando él con sus capacidades plenas. Qué irónico...

Soledad Editar

-Enrique...

-¡Enrique!- Lo que oía era su propia voz, pero fue algo que aún no comprendía del todo. "Enrique" no le sonaba a nada, pero a la vez era lo único que le sonaba a algo. Era este su nombre. -Soy Enrique- se dijo. Volver a articular sonidos le calmó un poco, llevaba casi una hora desesperado, esa cosa que tenía en frente seguía haciendo ruidos chillones, reclamando su atención, la había golpeado muchas veces pero aquella superficie que cubría la luz roja era demasiado resistente. Para peor, no había a donde ir. A su alrededor, cuatro paredes y un techo limitaban su realidad. En la habitación, aparte de ese montón de cosas para las que no tenía nombre (paneles, pantallas, todos conceptos borrados de su memoria), había algo que por alguna razón comprendió de inmediato, la silla en la que estaba sentado. Había también algunos muebles con otros objetos desconocidos y una parte de una pared era levemente diferente y tenía lo más inquietante de la habitación: una ventanilla, por la que se veía otro espacio. Le atraía y le aterrorizaba. Su mente bullía cada vez que, aburrido, miraba a través del cristal.

Pasó el rato. Una cierta inquietud dentro de Enrique lo mantenía despierto, alerta. Sentía que la vida no se limitaba a estar en ese pequeño cuarto, tan molesto (la luz roja y la alarma seguían torturándolo) y reducido. Algo lo hizo levantarse, una vez más. Ahora recordaba, su madre lo esperaba. Debía cuidar de ella. Su madre. No estaba solo en el mundo, ni siquiera lo había pensado. Instintivamente miró a su alrededor. Su madre no estaba allí, claro. Había que salir. ¿Salir? ¿salir a dónde? ¿salir cómo?

-¡Mi casa!

Ahora recordaba, pedazo a pedazo, otro espacio, uno que era suyo. Querría estar allí, pero no sabía cómo. Enrique sudaba, no podía hacer nada, pasó aún más tiempo. De pronto le dolía el estómago. Ese concepto surgió desde el fondo recóndito de su naturaleza. Hambre, Enrique tenía hambre. Hay que comer, es el remedio contra esto, pensaba. Algo le indicaba que allí nada era comida. Pero al rato probó algunos objetos, todos duros, horribles. No se rindió de inmediato. Ah, si alguien pudiese verlo, pobre alma, devoró un lápiz y varios documentos. Pasaron las horas. Enrique meó cuando tuvo que mear. Defecó cuando sintió ganas. Pasaron las horas. Se empezó a ir la luz, justo cuando Enrique creía que aquellos pequeños símbolos en los paneles tenían significado. O quizá estaba imaginando cosas. Cansado, se apoyó contra la pared a su espalda. Su mano se apoyó en esa pieza sobresaliente, que se movió un poco. Enrique la movió un poco más, ahora poniendo toda su atención. Giraba. Llegaba hasta un límite, pero Enrique tiró y se abrió la puerta.

Enrique está frente a un pasillo.

Enrique es libre.

Minuto Cero en el comando militar Editar

Algo se tramaba en la Escuela Militar, y pues claro, los teléfonos no dejaban de sonar. "Son del gobierno" decían algunos, "Naciones Unidas" decían otros. Lo concreto es que los altos mandos ordenaron no responder esas llamadas.

Ya estaba en plena marcha el golpe militar. Las tanquetas rodeaban La Moneda, infantería se disponía a entrar al palacio de gobierno, todo eso en medio de una lluvia de balas. Desde la plaza de la Constitución se disparaban ráfagas con fusiles M16. Era una verdadera escena de guerra.

Las comunicaciones eran caóticas para los militares también. Las órdenes iban y venían, las cartas iban y venían. Todo era indicio de un momento clave en la historia del país, y ellos lo sabían. Estaban a punto de salvar a la población chilena de lo que pudo ser una catástrofe política. Según la oligarquía de ese entonces, el socialismo los mataría de hambre. Algo debían hacer, y esa mañana estaban decididos a hacerlo.

César Mendoza, Gustavo Leight Guzmán (si, padre de Gustavo Leight Yates) y José Toribio Merino ya se encontraban reunidos en una sala de juntas en la Escuela. Solo faltaba el General en Jefe del Ejército de Chile; mas Pinochet se rehusaba a responder a los llamados de sus similares que en ese momento necesitaban de su apoyo para concretar el golpe. Parte del ejército ya se había levantado en contra del gobierno de Salvador, sin embargo, la parte restante esperaba una orden por parte de Pinocho para sumarse a sus compañeros rebelados.

- ¿Augusto dio alguna pista de si se uniría a nosotros?- preguntó Mendoza.

- Habrá que esperarlo nomás.- pronunciaba resignado Toribio Merino.

- ¿Pero cuánto más po hueón? Sin él va a ser difícil concretar esta cuestión, y más si se demora en respondernos.- Leight Sr. demostraba su preocupación por la poca claridad que Pinochet demostraba frente a toda la situación.

Apenas terminada esa breve discusión, unos bototos se escuchaban recorrer el pasillo frente a la puerta de la sala de juntas. Eran pasos pesados, con un caminar malhumorado.

Tocan la puerta 3 veces. Pasan 5 segundos y sin esperar una respuesta, la puerta se abre de manera brusca. Era Augusto Pinochet.

- Más les vale que esta custioncita termine como queremos que termine. Sino, nos van a cargar a todos.

Finalmente, un suspiro se tomó la sala de juntas, pues las palabras del militar daban a entender que estaba dentro del plan también.

Sin embargo, una última llamada resonó en aquella sala. Un teléfono rojo bastante moderno para la época encendió una pantallita pequeña en donde se veía claramente el número de procedencia de aquella llamada. Decía "Oficina del Presidente, Palacio Moneda". Una llamada emitida desde la mismísima oficina presidencial en medio de una balacera infernal. Ya nada terrible podía pasar, así que Pinochet, tomando un rol de liderazgo se encamina al colorado teléfono que parecía gritar más que sonar.

El teléfono va viajando hacia la oreja de Augusto. En ese trayecto ya va pronunciando sus últimas palabras:

- Aquí el general Pinocheh, ¿Qué pasa?

Acto seguido, el temido flash cegador se tomó las mentes de todos allí en el lugar. Todos quedaron sentados mirando a Pinochet, mientras que él, pasmado, ahora sostenía un aparato rojizo y bullicioso junto su cara.

¿Por qué lo miran?

¿Por qué me miran?

¿Quién es?

¿Quién soy? ¿Qué tengo aquí? Por qué estoy aquí?

Todas serían preguntas sin respuestas. El edificio institucional se quedó en silencio, las llamadas ya no sonaban, las carreras desesperadas de unos y otros ya no tenían sentido. Todo era inquietante, irreconocible, incógnito.

Mientras, al otro lado de ese aparato que había sido contestado por el antiguo Augusto Pinochet, se escuchaba una fuerte respiración, nada más que eso. Era como si esa respiración hubiese estado alterada por algo, pero ¿Qué la habrá alterado? Y qué va a saber Augusto si ya no recordaba nada...

Minuto cero en la Moneda Editar